No pretendo hacer historia al diseñar mi colección, pero sí expresar una emoción profunda y valorar un pueblo cuya forma de vida, creatividad, creencias y ritos me encantaron y me impresionaron. Intento que esa admiración se vuelque, de una manera a la vez sutil y espiritual, en mi trabajo de Joyas Ona

[robo-gallery id=»59″]

Mi trabajo está inspirado en las pinturas corporales de las mujeres onas o selknam.
Esta cultura, hoy desaparecida, vivió en la inhóspita Isla grande de Tierra del Fuego. De acuerdo con la leyenda, en sus orígenes los onas se organizaron como un matriarcado y en sus ritos las mujeres usaban sus cuerpos pintados para representar a los espíritus y seres míticos, y como ornamentación y símbolo de estatus; en ocasiones, también, para asustar y someter a los hombres. Luego éstos habrían descubierto el engaño y tomado la costumbre ritual de pintarse, esta vez, para someter a las mujeres.
Además de orfebre, en mi trabajo artístico como bailarina pertenecí 18 años al Conjunto de danzas y cantos tradicionales «Palomar», dirigido por la maestra Margot Loyola. Ahí me tocó representar a una mujer ona dentro de un maravilloso cuadro: mi cuerpo fue pintado y me sumergí totalmente en lo que habíamos aprendido de ese pueblo, de su lucha por la supervivencia que, sin embargo, se daba en armónica relación con la naturaleza y el cosmos. Para realizar esa interpretación fue de crucial importancia leer Dios en Tierra del Fuego de Carlos Keller, una magnífica investigación acompañada de fotos tomadas de obras del sacerdote y antropólogo Martín Gusinde.
Ésa fue mi iluminación en la danza y lo es también hoy en la elaboración de joyas. Para esta Colección en particular, utilizo una antigua técnica artística de origen coreano, llamada Kum-Boo, con la que se embellecían los objetos de uso ceremonial y cotidiano, como vajillas y cuencos para la comida.
Después de un proceso de tres partes que se repiten de 15 a 17 veces, se logra una superficie de plata 1.000 (pura), a la que se le aplica calor y luego se le adhieren finas láminas de oro de 24 quilates sin utilizar soldadura; luego se bruñen y se hacen las terminaciones de texturado, según el diseño que se quiere crear. Con este refinado trabajo se logran piezas de especial belleza, llenas de resonancias de las culturas que las inspiran.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *